Mi interés por Kandinsky se remonta ya a los años de adolescencia, cuando mi profesor de piano, el compositor belga Raymond Andrés, me anotara la vinculación de este pintor con la música, o cuando mi profesora de arte en el Instituto, Marisa Monteagudo, dÃas antes de enfrentarnos a la Selectividad, nos hablase de sus obras con especial atención; fue una etapa de descubrimiento de tantas cosas, de ese galopante fluir de nuevas emociones que hicieran que me entusiasmara de lleno su pintura pura; en palabras del propio Kandinsky “llamada también pintura absolutaâ€, directamente conectada con la música y con esa “forma abstracta que me era necesariaâ€, dijo en su Conferencia de Colonia.
Claro está, ese interés inicial se vio reforzado a mi llegada como estudiante a la Universidad de Salamanca, fui acercándome a este autor con especial atención: un artista cuyo legado defiende por encima de todo la “necesidad interior†de la acción creativa, descubriendo cómo supo fundir tan genuina manifestación pictórica con una destacada aportación teórica. Cómo no, el Centro Pompidou fue visita obligada en mi recorrido parisino con ocasión de nuestro viaje de estudios: poder asà presenciar emocionada, muy de cerca, aquella emblemática obra: la conocida como “Primera acuarela abstractaâ€.
Descubrà entonces aquel concepto que Kandinsky y Schönberg compartirÃan, el de “obra de arte totalâ€; de este modo, no importaba tanto el punto de partida (el hecho de que fuera pintura, danza, música o teatro), sino que la representación artÃstica se concibiera como un ‘todo’ cargado de emoción, de eliminación de lo objetivo frente a la interioridad. Y que asà conectara con la música de Debussy, ideal para hablarnos de “experiencias sinestésicas para una nueva doctrina sobre el colorâ€, y de “las antinomias en tensión: cálido-frÃo y claro-oscuro†(como bien anotara Düchting, 1999, p. 58). De ahà que su pintura estuviera repleta de “fuerzas vivas†como él mismo anotase en Punto y lÃnea sobre un plano, y que fueran dinámicas, portadoras de ritmo y buscadoras de un pulso universal: es más, en ciertas obras como en su Composición VI dijo querer capturar la “música de las esferasâ€.
Asà que cuatro años después, tras licenciarme, no podÃa faltar tampoco en mi Tesis Doctoral: mi mirada se dirigirÃa nuevamente a Kandinsky, un pintor cuya “vitalidad y fuerza imaginativa sobrepasaban con mucho sus facultades pictóricas†(Düchting, 1999, p. 8), una persona con una capacidad de trabajo inmensa y con una creencia muy firme en su vocación. Dedicación y sensibilidad hicieron que pudiera llegar al lugar donde llegó; que pudiera escribir sus tratados magnÃficos, tales como La gramática de la creación o De lo Espiritual en el Arte (obras que siempre recomendaré a mis alumnos hoy, varios años después de descubrirlos). En ellos se contienen tantas cosas: sus teorÃas empapadas de sonoridades y de espiritualidad, su estudio detenido de la forma, su propuesta armónica de color y emoción; engarzando asà con la idea de Korovin que proponÃan que un paisaje debÃa traer consigo una “historia del almaâ€, permitiendo asà “emitir un sonido que responda a los sentimientos del corazón†(p. 245).
Una anécdota más viene a mi recuerdo; a punto de depositar mi Tesis Doctoral, la Fundación March traÃa a Madrid la exposición “Kandinsky, origen de la abstracciónâ€; de este modo, nuevos alicientes y ‘pistas’ que me hacÃan seguir su estela, su lenguaje no solo pictórico, sino decididamente cósmico: presente no ya en sus geometrÃas y elementos, sino también en sus fondos blancos de “gran silencio absolutoâ€; ese silencio que intuyó una mañana tormentosa en la que Kandinsky se despertó y descubrió ese blanco “preñado de cosas posiblesâ€, que en silencio se “mostraba por todas partes†(como advirtió en su “Conferencia de Coloniaâ€).
Hemos de hablar, necesariamente, de aquellos años intensÃsimos para la creación artÃstica en Rusia; desde finales de la primera década del XX hasta comienzos de los años 30 se dieron allà los factores ideales para que fraguara buena parte de la vanguardia internacional; pero esta muestra es verdaderamente interesante pues propone además un recorrido por iconos del XVI y del XVII, asà como muestras del arte ruso popular del XIX, de manera que se entienda cómo influyó este legado en la concepción artÃstica y vital de Kandinsky y de los creadores de principios del XX. Junto a estas huellas del pasado y las obras de Kandinsky se proponen pinturas de artistas rusos del momento, como Lariónov , David Burliuk o Nicholas Roerich.
Encontramos en ellos muchas ‘pistas’ que nos hablan de sus orÃgenes. Y es que para Kandinsky, como para tantos otros creadores, las costumbres y las vivencias de la niñez fueron decisivos; es más, para la Comisaria de la exposición que tuvo lugar en Málaga, Yevguenia Petrova “el mayor logro que obtuvo Kandinsky†de su contacto “con la región del norte fue el amor por ese pueblo sencillo, incluso primitivo, por su forma de vida y su arteâ€.
Su arte y su emoción siempre estuvieron conectados con su tierra natal, con los intensos verdes, ocres y rojizos de su infancia, como él mismo manifestó en su Miradas retrospectivas. (A partir de 1906, el azul habÃa comenzado a cobrar una presencia singular y se ve reforzada la influencia bávara y su interés por la gráfica).
Poco después, en 1909, comienza con sus emblemáticas series, muy en sintonÃa con el hecho musical: Improvisaciones, Composiciones e Impresiones; en estas últimas, volcadas de lleno en la emoción espontánea; fueron años intensos, Kandinsky acudÃa al teatro y a conciertos con asiduidad, y establece una fuerte amistad tanto con Schönberg como con Franz Marc. Fueron experiencias que, sin duda, le conducirÃan a una obra de mayor libertad formal y de gran musicalidad, lo que finalmente le permitió apostar de lleno por la abstracción.
Es por ello que ruego este lema de hoy, “Más Kandinsky, por favorâ€, en la condensación de tantas pistas y en la intención de proseguir un camino; resumo con ello ese recorrido anecdótico por mi vivencia de una obra que lo dijo todo, que lo hizo todo, en una época complicada y gloriosa al mismo tiempo. Por ello es que podamos hablar de verdaderas composiciones espirituales, de pintura de la ingravidez y de la contención, de una obra portadora de un vastÃsimo universo; en definitiva, un cosmos de musicalidad y de sensibilidad que le permitieron abrazar, en palabras de Michel Henry, “todas las cosas, todos los elementos que le pertenecen, en tanto que son sensibles†(2008, p. 162).
Referencias bibliográficas: