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IMAGEN, MÚSICA, PALABRA

Clara Colinas Marcos (Profesora de la UNIR)   14/Agosto/2018

Comienzo mi reflexión de hoy refiriéndome a tres elementos imprescindibles que los creadores necesitan en la trascripción de su experiencia vital; tres elementos sin los que los artistas visuales, los músicos y los escritores, no podrían tornar en táctil lo incorpóreo, la intuición en certeza; tres elementos que he visto fundidos en un film magnífico, que hasta hoy no había tenido ocasión de ver. Me refiero a la adaptación de Bodas de Sangre de Federico García Lorca, y con ello al filme “La novia†de Paula Ortiz (2015) que conduce a una intensísima vivencia de horizontes desalmados, de instantes detenidos, de emociones en ebullición continua; y recordamos así el concepto de arte que ya Plotino propusiese, aquel que nos permite un largo viaje, aquel con el que poder sentir cómo la belleza actúa en nuestros sentimientos, cómo el arte nos ayuda a crecer.

En una de las escenas más cuidadas de la película, La Novia se enfrenta a sus sentimientos ante la luna (ambas blanquísimas) mientras que su amado la busca permanentemente: la tierra y el pasado les unen en lazos indisolubles

Paisaje sublime de la película; debajo, los protagonistas del film y la directora, el pasado febrero en la gala de los Goya. Imagen recuperada de www.teleprograma.fotogramas.es

No podríamos olvidar la intervención decisiva de los actores, como Asier Etxeandía (en el papel del novio, de quien su amor máximo se torna en venganza) o Luisa Gavasa (en el papel de su madre, de firme y doliente interpretación que le permitiría recibir el Goya como actriz de reparto). También, el trabajo fantástico de Inma Cuesta, que pone rostro a “la novia†(la directora de la película anotó que era la mujer que “el propio Federico hubiese imaginado"), personaje protagonista en el que se dan cita lo irracional y la convención, lo visceral y lo trascendente; para dar paso finalmente al fluir incontrolable de su sentimiento amoroso, sentimiento que conduce al riesgo máximo: a la muerte de sus seres más queridos, a su propia muerte.

Los dos protagonistas de la película y la actriz Luisa Gavasa, interpreta al personaje de la Madre. Imagen recuperada de www.eldiario.es

Quisiera por ello referirme a tres elementos primordiales en este film; para empezar, el poder de la palabra precisa; la palabra latente de Lorca interpretada por un guión acertadísimo de Paula Ortiz y Javier García Arredondo; la palabra encendida, la palabra enamorada; cómo se traza un juego sonoro e intenso, simbólico y perfecto, entre palabras: “y te sigo por el aire como una brizna de hierbaâ€, le dice la novia a su amado. Palabras que logran alcanzar, entretejidas con sonidos e imágenes, una unidad extraordinaria, en este sentimiento y palabras entretejidos, en ese “juego mutuo†entre pensamiento y visión del que hablase Rudolf Arnheim.

Uno de los momentos más intensos, entre llamas: la escena del baile (en imagen, el actor Asier Exeandía, que interpreta el personaje del novio)

Un segundo elemento, la música: muy precisa aquí, mínima, acertada. Melodía de Shigeru Umebayashi que con su música hizo que las miradas se tornen vivas, se intensifiquen lunas y destellos, y que las manos de los enamorados se fundan. Músicas que se personifican en rostros de mujer, músicas como las de las cuerdas entrelazadas o el solo de piano de la banda original de la película, del propio Umebayashi (que gira en torno a elementos esenciales del filme, como la luna, la tierra y el deseo); o la versión del ‘Vals vienés’ (poema de Lorca con música de Leonard Cohen, en preciosa interpretación de Soledad Vélez): “un fragmento de la mañanaâ€, “en el museo de la escarchaâ€â€¦instantes gozosos o tristísimos hacen temblar ánimas e intuir la inminente llegada del duelo final.

Algunos momentos del rodaje de la película, en el que se dan cita interiores muy íntimos con exteriores cuidadísimos

Pensamos una vez más en el mágico poder que la música trae consigo y de cómo el oído humano puede también captar la belleza; una música que no necesita materia con la que expresarse, incorpórea, atmosférica, belleza sin forma pero al mismo tiempo atrapada. Una belleza que nos recuerda a aquella de la que hablara Plotino: directamente unida a la vida, una belleza no táctil que supera a la proporcionada materia; y una belleza, también, que engarza con la eufonía, ‘sonido hermoso’ del que ya hablaron los pensadores de la Antigüedad; así, la belleza del alma enamorada se funde con esas melodías no táctiles que encontramos en el personaje principal, la novia: equilibrada balanza entre razón y percepción.

Más instantes durante el rodaje

Y colma esta dicha de quien contempla el uso preciso de la imagen (de la mano de la dirección de fotografía de Migue Amoedo, que obtuvo un Goya por su trabajo): visión sublime, que nos permite sentir aquí mismo ramas y musgos, cada madera y cada piel y tocar así ropajes ensangrentados. De pronto me acordé, al visualizar esta escena última de la película, de las enaguas manchadas por el dolor de varias de las performances de Beth Moyses (Diluidas en agua). Son trabajos que en definitiva logran superar la imitación “oscura y débil†(utilizando adjetivos que diese Plotino) que en ocasiones realizan ciertas obras de arte. Aquí las obras dan un paso más: no se detienen en la lógica sino que la superan desde la vivencia, desde la capa más mistérica de la realidad.

Susurros reveladores y un instante del rodaje: todo un juego de sombra y luz

Así, el largometraje “La Novia†no se queda en lo visual sino que enlaza con el espíritu lorquiano, con esa historia original en la que se dan cita los silencios del mundo rural, la represión de una época, el erotismo y el llanto, y que va gradualmente deteniéndose en cada elemento, en cada símbolo, en cada emoción….van fundiéndose con los paisajes reales, sublimes, escogidos por Paula Ortiz (en el desierto de Los Monegros (Huesca), en un paraje rodado en Las Cinco Villas (Zaragoza) y en la Capadocia, y que se asumen y se interiorizan en el espectador de manera exquisita.

El fuego, metáfora última del deseo de los protagonistas. Debajo: el negro, el cristal, un jinete y el bosque como testigo del encuentro entre los enamorados: elementos que acompañan a esta historia, expuestos en la mesa del equipo de rodaje (foto de Camino Ivars).

Una historia que, si bien está enmarcada en un momento preciso, podría ilustrar la situación amorosa y familiar de cualquier mujer; aquí, una mujer que rompe límites, que finalmente escucha su propia voz y huye de su destino, aunque esto implique romper en pedazos su vida; una adaptación fantástica de la obra original lorquiana pero con las posibilidades que ofrece lo cinematográfico: lo positivo, como anotase Belén Remacha (de www.eldiario.es) es que aunque “trasladar una obra de teatro de los años 30 al lenguaje cinematográfico del siglo XXI implica una reestructuración, la creación de un ‘puzle nuevo’ que no traicione la palabra ni el mundo del creadorâ€, por otra parte como reconocía la directora del filme, también tiene sus ventajas: "Los paisajes, la tierra, los caballos, que en teatro te tienes que imaginar, aquí puedes verlos", anotaría Paula Ortiz.

Una vivencia, la de Lorca, profunda y desgarrada, maravillosamente recogida en esos ojos últimos de la protagonista del largometraje: una intensa mirada de profundidad máxima, vivencia ya casi desmaterializada, esa novia triste y ahogada en su propio dolor, que ya solo conoce el eco de lo que fue su “impulso interior†(rememorando el concepto matissiano que decía necesitar mostrar al exterior mediante el arte).

Detalles muy cuidados hacen que el intimismo de esta obra se potencie. Imagen recuperada de www.eldiario.es

Así que el hecho de que espectadores y lectores, de que estudiosos y oyentes, podamos gozar de cada manifestación gracias a la acertada combinación entre estos elementos, hace para mí tan valiosa hoy esta propuesta cinematográfica; elementos que conforman un triángulo perfecto: imagen, música, palabra. No existen aquí simetrías ni órdenes, no existen medidas ni fórmulas; pero sí se logra hallar esa magnífica ecuación que sólo se consigue en el creador que posee luz interior, aquella que tanto le preocupaba a Matisse: aquella “luz interior†que le permitía generar, a partir del objeto, un mundo vivo y sensible.

La actriz Inma Cuesta, en uno de los momentos de dolor que alcanza el personaje principal al fallecer las dos personas entre las que se debate su amor

Esta ecuación quizá seguirá siendo siempre la tarea principal de los artistas, aunque no todos lo logren. Aquí sí, pues se parte de lo sensorial, de celebraciones y de ritos, de la materia y de lo terrenal, para alcanzar de la mano de la acción artística y de la elevación intelectual, un carácter muy profundo y metafísico que tras la contemplación detenida hace que iniciemos un viaje inminentemente catártico hacia nuestro propio interior.

Ver tráiler de la película: