Comienzo mi reflexión de hoy refiriéndome a tres elementos imprescindibles que los creadores necesitan en la trascripción de su experiencia vital; tres elementos sin los que los artistas visuales, los músicos y los escritores, no podrÃan tornar en táctil lo incorpóreo, la intuición en certeza; tres elementos que he visto fundidos en un film magnÃfico, que hasta hoy no habÃa tenido ocasión de ver. Me refiero a la adaptación de Bodas de Sangre de Federico GarcÃa Lorca, y con ello al filme “La novia†de Paula Ortiz (2015) que conduce a una intensÃsima vivencia de horizontes desalmados, de instantes detenidos, de emociones en ebullición continua; y recordamos asà el concepto de arte que ya Plotino propusiese, aquel que nos permite un largo viaje, aquel con el que poder sentir cómo la belleza actúa en nuestros sentimientos, cómo el arte nos ayuda a crecer.
No podrÃamos olvidar la intervención decisiva de los actores, como Asier EtxeandÃa (en el papel del novio, de quien su amor máximo se torna en venganza) o Luisa Gavasa (en el papel de su madre, de firme y doliente interpretación que le permitirÃa recibir el Goya como actriz de reparto). También, el trabajo fantástico de Inma Cuesta, que pone rostro a “la novia†(la directora de la pelÃcula anotó que era la mujer que “el propio Federico hubiese imaginado"), personaje protagonista en el que se dan cita lo irracional y la convención, lo visceral y lo trascendente; para dar paso finalmente al fluir incontrolable de su sentimiento amoroso, sentimiento que conduce al riesgo máximo: a la muerte de sus seres más queridos, a su propia muerte.
Quisiera por ello referirme a tres elementos primordiales en este film; para empezar, el poder de la palabra precisa; la palabra latente de Lorca interpretada por un guión acertadÃsimo de Paula Ortiz y Javier GarcÃa Arredondo; la palabra encendida, la palabra enamorada; cómo se traza un juego sonoro e intenso, simbólico y perfecto, entre palabras: “y te sigo por el aire como una brizna de hierbaâ€, le dice la novia a su amado. Palabras que logran alcanzar, entretejidas con sonidos e imágenes, una unidad extraordinaria, en este sentimiento y palabras entretejidos, en ese “juego mutuo†entre pensamiento y visión del que hablase Rudolf Arnheim.
Un segundo elemento, la música: muy precisa aquÃ, mÃnima, acertada. MelodÃa de Shigeru Umebayashi que con su música hizo que las miradas se tornen vivas, se intensifiquen lunas y destellos, y que las manos de los enamorados se fundan. Músicas que se personifican en rostros de mujer, músicas como las de las cuerdas entrelazadas o el solo de piano de la banda original de la pelÃcula, del propio Umebayashi (que gira en torno a elementos esenciales del filme, como la luna, la tierra y el deseo); o la versión del ‘Vals vienés’ (poema de Lorca con música de Leonard Cohen, en preciosa interpretación de Soledad Vélez): “un fragmento de la mañanaâ€, “en el museo de la escarchaâ€â€¦instantes gozosos o tristÃsimos hacen temblar ánimas e intuir la inminente llegada del duelo final.
Pensamos una vez más en el mágico poder que la música trae consigo y de cómo el oÃdo humano puede también captar la belleza; una música que no necesita materia con la que expresarse, incorpórea, atmosférica, belleza sin forma pero al mismo tiempo atrapada. Una belleza que nos recuerda a aquella de la que hablara Plotino: directamente unida a la vida, una belleza no táctil que supera a la proporcionada materia; y una belleza, también, que engarza con la eufonÃa, ‘sonido hermoso’ del que ya hablaron los pensadores de la Antigüedad; asÃ, la belleza del alma enamorada se funde con esas melodÃas no táctiles que encontramos en el personaje principal, la novia: equilibrada balanza entre razón y percepción.
Y colma esta dicha de quien contempla el uso preciso de la imagen (de la mano de la dirección de fotografÃa de Migue Amoedo, que obtuvo un Goya por su trabajo): visión sublime, que nos permite sentir aquà mismo ramas y musgos, cada madera y cada piel y tocar asà ropajes ensangrentados. De pronto me acordé, al visualizar esta escena última de la pelÃcula, de las enaguas manchadas por el dolor de varias de las performances de Beth Moyses (Diluidas en agua). Son trabajos que en definitiva logran superar la imitación “oscura y débil†(utilizando adjetivos que diese Plotino) que en ocasiones realizan ciertas obras de arte. Aquà las obras dan un paso más: no se detienen en la lógica sino que la superan desde la vivencia, desde la capa más mistérica de la realidad.
AsÃ, el largometraje “La Novia†no se queda en lo visual sino que enlaza con el espÃritu lorquiano, con esa historia original en la que se dan cita los silencios del mundo rural, la represión de una época, el erotismo y el llanto, y que va gradualmente deteniéndose en cada elemento, en cada sÃmbolo, en cada emoción….van fundiéndose con los paisajes reales, sublimes, escogidos por Paula Ortiz (en el desierto de Los Monegros (Huesca), en un paraje rodado en Las Cinco Villas (Zaragoza) y en la Capadocia, y que se asumen y se interiorizan en el espectador de manera exquisita.
Una historia que, si bien está enmarcada en un momento preciso, podrÃa ilustrar la situación amorosa y familiar de cualquier mujer; aquÃ, una mujer que rompe lÃmites, que finalmente escucha su propia voz y huye de su destino, aunque esto implique romper en pedazos su vida; una adaptación fantástica de la obra original lorquiana pero con las posibilidades que ofrece lo cinematográfico: lo positivo, como anotase Belén Remacha (de www.eldiario.es) es que aunque “trasladar una obra de teatro de los años 30 al lenguaje cinematográfico del siglo XXI implica una reestructuración, la creación de un ‘puzle nuevo’ que no traicione la palabra ni el mundo del creadorâ€, por otra parte como reconocÃa la directora del filme, también tiene sus ventajas: "Los paisajes, la tierra, los caballos, que en teatro te tienes que imaginar, aquà puedes verlos", anotarÃa Paula Ortiz.
Una vivencia, la de Lorca, profunda y desgarrada, maravillosamente recogida en esos ojos últimos de la protagonista del largometraje: una intensa mirada de profundidad máxima, vivencia ya casi desmaterializada, esa novia triste y ahogada en su propio dolor, que ya solo conoce el eco de lo que fue su “impulso interior†(rememorando el concepto matissiano que decÃa necesitar mostrar al exterior mediante el arte).
Asà que el hecho de que espectadores y lectores, de que estudiosos y oyentes, podamos gozar de cada manifestación gracias a la acertada combinación entre estos elementos, hace para mà tan valiosa hoy esta propuesta cinematográfica; elementos que conforman un triángulo perfecto: imagen, música, palabra. No existen aquà simetrÃas ni órdenes, no existen medidas ni fórmulas; pero sà se logra hallar esa magnÃfica ecuación que sólo se consigue en el creador que posee luz interior, aquella que tanto le preocupaba a Matisse: aquella “luz interior†que le permitÃa generar, a partir del objeto, un mundo vivo y sensible.
Esta ecuación quizá seguirá siendo siempre la tarea principal de los artistas, aunque no todos lo logren. Aquà sÃ, pues se parte de lo sensorial, de celebraciones y de ritos, de la materia y de lo terrenal, para alcanzar de la mano de la acción artÃstica y de la elevación intelectual, un carácter muy profundo y metafÃsico que tras la contemplación detenida hace que iniciemos un viaje inminentemente catártico hacia nuestro propio interior.
Ver tráiler de la pelÃcula: