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EL HOMBRE QUE ANDABA EN EL COLOR

Clara Colinas Marcos (Profesora de la UNIR)   16/Julio/2018

Tenía ganas de releer El hombre que andaba en el color de Georges Didi-Huberman (Adaba Editores, 2014); y nuevamente me dejo llevar por su recorrido a lo largo de tantos cromatismos que han ido legando artistas con el paso del tiempo, los pigmentos y las sonoridades que entrega la existencia; y en la lectura uno va caminando -como si se tratase de un recorrido embriagador-, por ese “amarillo abrasador de la arenaâ€, un amarillo que (para el personaje que crea Didi-Huberman, a partir del pintor James Turrell, nacido en Los Ãngeles, 1943):
“no tiene límites†sino que “anda en el amarillo y comprende que el mismo horizonte, por más nítido que parezca en la lejanía, no le servirá nunca de límite o de marco; sabe bien, ahora, que, más allá del límite visible, sólo hay un mismo lugar tórrido que continúa siempre idéntico y amarillo hasta la desesperación†(p. 16).

The inner way (1999) una de las ‘Tunnel Pieces’ de James Turrell, recuperada de su website

Los ‘Crater Spaces’ de James Turrell, son esenciales para comprender su concepto del espacio; imágenes recuperadas de su website

 

Breathing Light (2013) de James Turrell, recuperada de su website

A partir del recuerdo del límite no-límite del horizonte pensamos en la asombrosa certeza que uno encuentra al reflexionar sobre la ausencia de la línea en la naturaleza, precisamente esa ausencia de marco de la que habla Didi-Huberman a raíz del citado artista: James Turrell.

 

 

Los rojizos, los azules y los astros se dan cita en la isla

Así van surgiendo de mi memoria nuevos recuerdos, las palabras que vinieron a fundirse en mi Tesis Doctoral dedicada al infinito pictórico y la experiencia vital de tantos años. Y algo más viene a sumarse en este recorrido de hoy; aquellos paseos entre pinares, sobre la arena, durante los años de infancia en una isla; lugar que me vio crecer y descubrir tantas certezas. Me crié en aquella isla a la que siempre querré volver, para volver también a una luz que, como diría María Zambrano, permite “resucitar sin salir de este mundoâ€.

Y es que siempre hay un momento al caminar por la isla en el que te secuestran su mar, su cielo, su luz….esa luz que permite que abramos a la vida nuestros ojos, que apreciemos texturas en la pintura, volúmenes y sombras de cada fragmento de realidad y horizontes sin límite. Ese cielo del que habla el propio Didi-Huberman: “El cielo nos ha visto siempre nacer, él, que jamás ha nacido, y nos verá morir siempre, él, que engloba a todo el tiempo, que es inengendrado, incorruptible, inalterable†(p. 87).

 

Una de las instalaciones Skyspace de Turrell